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La cooperación debe abandonar el vagón de cola

Fuente: artículo de opinión de Andrés R. Amayuelas, presidente de La Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo. Tras una crisis inédita aún en curso y cuyo alcance está aún por determinar, los presupuestos generales del Estado 2021 deben garantizar la reconstrucción sin dejar a nadie atrás. Ya sabemos que serán los más expansivos de la historia. El techo de gasto subirá un 54%, hasta los 196.000 millones de euros. Un incremento destinado a hacer frente a la emergencia sanitaria, mitigar los efectos negativos de la crisis e impulsar una transformación de la estructura económica. Pero no podemos volver a la casilla de salida; no podemos regresar a las viejas fórmulas que nos han traído hasta aquí.

Es el momento de políticas públicas que sitúen en el centro los derechos humanos, el cuidado de la naturaleza y la dignidad de la vida. Si no es ahora, ¿cuándo? En este sentido, la Agenda 2030 es un marco de referencia ineludible por dos razones: por un lado, apuesta por respuestas intersectoriales a problemas complejos; por otro, defiende la cooperación internacional para la solución de problemas que nos son comunes.

Cooperación internacional o barbarie

Todo esfuerzo que se haga por salir de este atolladero colectivo será en balde si no se contempla el plano internacional. Si algo ha demostrado la pandemia es que estamos interconectadas, que los problemas son comunes y comunes deben ser las soluciones. La COVID-19 ha sacudido los cimientos de nuestras sociedades; pero ha sido un inmenso terremoto para aquellas cuyos pilares ya estaban resquebrajados o para quienes sufrían el ahogo de un sistema que asfixia cuerpos y vidas considerados de segunda. Personas refugiadas que viven en campos que son cualquier cosa menos refugios, migrantes que se parten el lomo sin acceder a sus derechos ciudadanos, trabajadoras temporeras que sufren violaciones mientras recogen las fresas que adornan nuestros postres, pueblos indígenas que defienden la tierra a costa de su propia vida, trabajadores informales que recorren de sol a sol las grandes ciudades sin conseguir llegar a fin de mes.

La mala noticia es que cuando más se necesita la cooperación, más debilitada está. Los brutales recortes a los que se ha visto sometida en la última década han situado a España como una excepción dentro de Europa. La cuarta economía de la UE destina solo un 0,19% a cooperación; incluso Hungría aporta más que España. La Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID) gestiona apenas 360 millones de euros, dos tercios menos que en 2011. La buena noticia es que hay una puerta abierta: el pacto de gobierno incluye el compromiso de alcanzar el 0,5% para cooperación al final de la legislatura. Incluye también dos cuestiones que son determinantes para contar con un sistema de cooperación moderno y adecuado a la realidad actual: la reforma de la AECID y de la Ley de Cooperación de 1998.

El desafío es abrir esa puerta con una mirada larga y responsable, más allá de las necesidades más urgentes o cercanas. La cooperación es una pieza fundamental en un contexto mundial de múltiples y profundas crisis. Por eso, es necesario cambiar el rumbo y sacar a España del bache en el que se ha instalado desde hace una década. Necesitamos recuperar el tiempo perdido, contribuir a la reconstrucción global, proyectar nuestro país como un socio solvente y confiable en las soluciones para el mundo post-COVID. Es vital que los compromisos asumidos por el Gobierno en materia de cooperación se materialicen en los próximos presupuestos.

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