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El trabajo precario crea personas indefensas

El pasado 20 de enero, Lucía Artrazcoz, directora de promoción de la salud en la Agència de Salut Pública de Barcelona, retrató con crudeza los efectos de la pobreza sobre el organismo, en una entrevista para El Periódico, que rescatamos en este artículo.

El 75% de la salud de las personas depende de las condiciones de vida y de trabajo. Entre los determinantes sociales de la salud encontramos el entorno físico, el ámbito socioeconómico, el domicilio, cómo está configurado el barrio donde vives, la posibilidad de acceso a una alimentación saludable, es decir, la proximidad, la calidad y un precio asequible, entre otras muchas.

La crisis económica incrementó el paro laboral y afectó directamente y de forma importante a la salud mental y a la cardiovascular. La incidencia de las principales enfermedades es superior entre las personas con pocos recursos, las que tienen trabajos precarios o las que están en paro laboral. Sufren más cánceres, diabetes, infarto de miocardio e ictus y dolores musculoesqueléticos.

La crisis económica ha supuesto un impacto en las enfermedades y este ha sido superior en los hombres como principal sustento económico del hogar. Sin embargo, las mujeres han quedado expuestas a una total vulnerabilidad, porque han tenido que incorporarse al poco mercado laboral existente y están sufriendo numerosas situaciones de explotación.

Todo esto está soportado por condicionamientos y patrones culturales que obligan a los hombres a arriesgarse más, a ser más ambiciosos y a no sentir ni expresar las emociones, mientras que las mujeres se ven abocadas a hacerse cargo del cuidado de la familia, a no tener ambiciones y a ser sumisas. Todos estos patrones se traducen en modelos de vida, que acaban repercutiendo en el tipo de enfermedades que padecen unos y otras. Una consecuencia de todo esto es que por lo general los hombres viven menos años porque se han visto obligados a “forzar más la máquina”, mientras que las mujeres viven más años pero con mayor incidencia de enfermedades crónicas e incapacidades, como trastornos musculoesqueléticos, ansiedad y depresión. Como señala Lucía Artrazcoz “son problemas que no matan, pero que no dejan vivir”.

Una de las consecuencias de la crisis y del trabajo a tiempo parcial es que crea personas indefensas, afectadas por lo que se conoce como “resignación aprendida”. Sigue leyendo...

 

Fotografía de María Angel Pasquariello con licencia CC BY 2.0