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El reto del desperdicio alimentario en el s.XXI

El pasado 27 de marzo, José María Medina, director de Prosalus, ofreció la conferencia inaugural  de la jornada “El reto del despilfarro alimentario en el siglo XXI”, que organizó el Departamento de Medio Ambiente de la Diputación Foral de Gipuzkoa y el Impact Hub Donostia y que se que se celebró en el Koldo Mitxelena Kulturunea.

El costo económico de la pérdida y el desperdicio de alimentos es de aproximadamente 940 mil millones de dólares anualmente en el mundo, según Lipinski y O’Connor (2016). Los costos ambientales también son muy altos: la pérdida y el desperdicio de alimentos contribuyen de manera importante al cambio climático, representando anualmente el 8% de todas las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (FAO, 2015). Además, las estimaciones actuales indican que aproximadamente el 28% de las tierras agrícolas del mundo se utiliza para producir alimentos que nunca serán consumidos por los seres humanos (FAO, 2013).

Los beneficios potenciales de reducir la pérdida y el desperdicio de alimentos son importantes. Además de aumentar la disponibilidad de alimentos, esta reducción puede aliviar la pobreza y reducir la presión sobre los ecosistemas, el clima y el agua. Este es un elemento nodal para cerrar la brecha alimentaria entre los alimentos disponibles en la actualidad y los alimentos necesarios en 2050, cuando será necesario alimentar adecuadamente a 9.300 millones de personas que se pronostica habrá en el planeta.

Por tanto, en un escenario de crecimiento del 25% de la población mundial en los próximos 30 años, el desafío es ser capaces de responder a las necesidades alimentarias de la humanidad al mismo tiempo que se preserva el medio ambiente y esto requiere modificar radicalmente la forma en que se producen y consumen los alimentos.

Para que un sistema alimentario sea sostenible tiene que garantizar la seguridad alimentaria y la nutrición para todas las personas en el momento presente de tal forma que no se pongan en riesgo las bases económicas, sociales y ambientales que permitan proporcionar seguridad alimentaria y nutrición a las generaciones futuras. ¿Podemos considerar sostenibles unos sistemas alimentarios que permiten que haya actualmente más de 820 millones de seres humanos en situación de hambre, otros 2.000 millones que sufren carencias de micronutrientes y 2.200 millones más con sobrepeso y obesidad?  

¿Podemos considerar sostenibles unos sistemas alimentarios en los que la forma en que producimos y consumimos alimentos está teniendo también un impacto negativo en términos medioambientales: degradación de tierras, sobreexplotación y contaminación de aguas, pérdida de biodiversidad, elevados niveles de emisiones de gases de efecto invernadero, etc.?

En este reto de avanzar hacia sistemas alimentarios sostenibles aparece como un elemento importante e imprescindible –aunque no suficiente por sí solo–, la reducción de las pérdidas y desperdicios de alimentos (PDA) entendiendo por tales los productos comestibles, destinados al consumo humano, que se pierden o descartan en algún punto de la cadena alimentaria.

Esta fue, en resumen, la ponencia inaugural de José María Medina que llevaba por título “El reto de avanzar hacia sistemas alimentarios sostenibles: la importancia de reducir el desperdicio alimentario”, que compartió jornada con José Ignacio Asensio, diputado de Medio Ambiente y Obras Hidráulicas de la Diputación Foral de Giuzkoa, con el diputado Raúl Moreno que habló de la proposición de ley para la reducción del desperdicio del Parlamento de Cataluña, y con numerosas iniciativas relacionadas con la reducción y sensibilización sobre el desperdicio alimentario como Te lo sirvo verde, Too Good To Go, EIT Food, Amona Maritxu, Gourmet Bag, BUKATU, además de productos que nacen dentro de lo que se conoce como economía circular: Okin, Brew and Roll, Mala Gissona y The Loaf.

VÍDEO CONFERENCIA (min. 17)